lunes, 20 de octubre de 2014

La Máscara Dorada



Otra tarde oscura. El cielo gris no parecía despejar. Casi todos los días eran así. Mis padres habían sido invitados a uno de los bailes de disfraces de principios de primavera que organizaban los nobles, y como todos los años mis padres me dejaban con la criada en el enorme palacio. Era normal que mis padres me dejasen sola cuando se iban a bailes en la ciudad o fuera de ella, pero ya estaba cansada de quedarme sola y aburrida con los cuadros mirándome y las delicadas figurillas haciéndome compañía. Aunque tampoco es que yo quisiese ir a esos bailes. Pero la vida en el palacio era muy aburrida y desde hacía varios años mis amigos iban a esos bailes.

Salí al portón a despedirlos y volví a mi alcoba. No sabía qué hacer, me tumbé en la cama y di vueltas. Seguramente mis padres no llegarían hasta bien entrada la noche. Miré por la ventana, la niebla se extendía ente las calles y canales de Venecia. Los tejados de las ricas casas de los nobles y burgueses apenas se veían. Empecé a vagabundear por el palacio: subía las escaleras y las bajaba, me metía en las habitaciones para descubrir sus secretos. Bajé al salón y me senté delante del piano. Nadie sabía tocarlo excepto la criada que, cuando se iban mis padres, pasaba las horas delante del piano tocando canciones y melodías. Yo la solía escuchar, tocaba muy bien. Empecé a tocar notas al azar hasta que me cansé, volví arriba y me tumbé en la cama. Fuera empezó a llover y me dormí escuchando a las gotas caer sobre el cristal.

* * *

Me desperté entrada la noche. La lluvia arreciaba y se oía aullar al viento. También pude escuchar una melodía procedente del piso de abajo. “La criada” pensé. Mis padres se enfadarían si una criada, una persona de la baja sociedad, tocase el piano más que para limpiarlo, por ello, lo hacía cuando no estaban. Eran nobles como el resto, arrogantes y despreciaban a las clases más bajas, yo era diferente. Ella me caía bien, me contaba cosas de la calle, de los barrios más pobres; llegué a sentir la tristeza que mediante sus historias ella me transmitía. Y la apreciaba, mucho.


La melodía era suave, encantadora. Incluso hipnotizante. Tumbada sobre la cama cerré los ojos intentando concentrarme en la música y no en la lluvia. Pronto estuvo en mi mente; las notas pasaban dejando una profunda huella, era una melodía lenta, triste. Seguramente ella estuviera recordando los momentos más tristes de su vida. Una vez ella me dijo: “Toco lo que me inspira”; casi siempre eran melodías lentas, ¿era la tristeza de su vida lo que la inspiraba? Recordé sus historias, su dolor; recordé la calle, su color gris... su tristeza. De mis ojos empezaron a brotar algunas lágrimas. Las notas continuaban pasando, cada una más triste que la anterior. Se me sobrecogió el corazón. Pronto estaba llorando sobre la almohada. Cuanto más intentaba olvidar la música más fuerte se oía.

Me sentía mal. Mi vida es buena. Pero esta ciudad es gris, triste. Ahorcados en la plaza, encarcelados torturados, niños hambrientos y enfermos muertos en las calles cuyas tumbas son los canales; asistir a la plaza para ver como queman alas personas: agudos chillidos pidiendo piedad y la salvación de Dios. No me lo quito de la cabeza, la vida de las personas y su último sentimiento: dolor. Toda la sociedad de acuerdo en lo mismo, en que los malvados y los pobres deben sufrir, ¿es esta nuestra mentalidad?



Lloré y lloré. Las notas volvieron a ocupar mi cabeza. Así pasaron los segundos, minutos y horas. De repente la música cesó y un montón de cristales se rompieron contra el suelo. Me sobresalté, corrí descalza en dirección al ruido, procedente del piso de abajo.
La fría noche se notaba dentro del palacio. Fui escaleras abajo. Las frías piedras me congelaban los pies, sentía punzadas en el corazón. Aún lloraba.
Abajo había mucha luz. En el suelo estaba rota la alacena de cristal, al igual que lo que tenía en su interior. Detrás del piano había un hombre alto que vestía ropas caras y elegantes. Escondía su cara tras una gran máscara dorada de la que sobresalían mechones oscuros de pelo rizado hasta el cuello. En cuanto llegué reparó en mí y salió corriendo en dirección al portón dejando caer algo a sus pies. Lentamente me acerqué, pero cuando vi lo que era solté un grito ahogado. Quise retroceder y olvidar lo que había visto. Era horrible y doloroso. Corrí al portón aún abierto y me arrodillé ante el canal en frente del palacio. El cielo estaba muy oscuro y los regueros de agua caían sobre las calles empedradas hasta los canales. Miré hacia abajo, estaba el canal; pensé en la posibilidad de acabar con el dolor y la tristeza que sentía, ahogarme, pero... ¿sería capaz? Miré el cielo oscuro del que caían gotas de agua, y es que el cielo llora por esta ciudad.
Desmoralizada caí en una depresión. Empapada me hice un ovillo y repetí una y otra vez: “La ha matado”, “Está muerta”, “La única persona que me enseñó el mundo”, “Asesino, asesino”.

* * *

Me desperté. Otra vez la misma pesadilla. No pasa un día sin que pueda olvidar ese suceso. Aún la recuerdo, a sus historias y melodías. Ella era la única que me contaba historias, ella estaba sola... solo yo la hacía compañía. Además sufro el tormento de la visión de una máscara brillante que me persigue cada noche hasta el amanecer.



Y han pasado los meses. Mis padres de han vuelto a ir a un baile de disfraces y, como de costumbre, estoy sola y me trae recuerdos horribles. Bajé las escaleras y me encontré con el piano, solo y aburrido pues nadie ha vuelto a tocarlo. 

4 comentarios:

  1. Me ha gustado mucho la entrada :)
    Te invito a que te pases por mi blog.
    Un beso.

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  2. Porfa, publica más fragmentos de historias que hayas escrito. <3

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    1. Reeditaré alguno. En cuanto pueda les pondré.

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