sábado, 29 de noviembre de 2014

Cazadoras de Artemisa

Una mañana fría de invierno, Artemisa iba de caza por los valles perdidos de una montaña. Sigilosa e invisible, siguiendo el rastro de sus presas: olvidar el Olimpo y cazar.
Flechas volando. Blancos cayendo. Silencio. Silencio que se rompió en el instante en el que un grito de dolor desgarró el valle.

Más sigilosa aún se acercó al punto del que procedía el grito. Una de sus presas. Un joven con una flecha clavada en el costado.

Culpable por lo ocurrido, la diosa llevó al joven a una cueva cercana donde curó sus heridas mientras él se removía y gemía de dolor.

El joven, inconsciente intentaba dormir. Artemisa decidió guardar el sueño del joven mientras estuviese inconsciente. Pero el destino jugó una carta importante. La vida de la diosa atravesó la mente del joven y la del joven atrapó la de la diosa. Ambos crearon un mundo diferente y alejado en el que se conocían sustituyendo en la memoria la flecha clavada en el costado del joven y la cueva. 


Ninguno consiguió recordar la razón por la que estaban allí y, al levantarse se encontraron cara con cara. Un beso fugaz y una huida. Ambos habían caído en las garras de Afrodita, que pensó que sería el día más feliz de sus vidas. Pero ningún mortal debe permanecer por siempre al lado de una diosa, o si no, el final de esta historia hubiese sido feliz.

El joven recordaba a Artemisa. Sabía que debía encontrarla, y la buscó por Grecia entera. Artemisa había tardado años en conseguir que los dioses le ofrecieran la inmortalidad a su amado. Los falsos recuerdos de aquel día seguían grabados en su memoria.

Artemisa encontró al joven. Bailando en una fiesta con otra mujer. Habría sido como mirarse al espejo. La furia se encendió en su corazón quemando cualquier rastro de amor por el joven que pudiese quedar, porque ahora le pertenecía a otra persona.

Artemisa descubrió que los mortales pueden llegar a herir los corazones de los dioses y que nadie debía sufrir eso. Que no volvería a verse tentada por Afrodita. Que el amor eran cuentos que acababan en desgracia. Y proclamó que sería doncella de por vida: alejada de las vidas mortales y de las de aquellos dioses a los que, aún hoy, les son indiferentes los corazones.

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