domingo, 7 de diciembre de 2014

Vida en el Olimpo

Nadie se atrevía a habitar ese lugar. Ni los espíritus, ni los humanos, ni los dioses, ni las ninfas. Era un lugar siniestro y poco seguro. Quién llegaría a pensar que tiempo después llegaría a ser la morada más prestigiosa de la Tierra.

Un cazador pasó la noche al pie de aquella montaña. Al despertar su caballo había desaparecido. Era una de sus más preciadas pertenencias y lo buscó, adentrándose en aquella montaña que tantos temían, sabiendo que podría morir, ya que las historias sobre los viajeros muertos en aquella montaña eran comunes en las noches de luna llena.

Después de varias horas caminando, el cazador empezó a cansarse, a sentir hambre y sed. Pero aquella montaña era solo piedra. Comprendió porque los viajeros morían en ese lugar: la falta de vida acababa con ella también.

Sintiéndose peor tras su descubrimiento se dejó caer. A lo lejos se oyó el caballo perdido. Este había estado perdido entre unas ninfas que le habían encontrado. Le habían conducido a la cima, donde, tras una coz había abierto una grieta de la que manaba agua: el primer símbolo de vida en la montaña. Las ninfas subieron al cazador incosciente en el caballo y lo llevaron hasta allí, donde le reanimaron.


A los pocos días el cazador estaba al pie de la montaña. No se acordaba de nada. No tenía su caballo. Las ninfas otorgaron privilegio a ese caballo convirtiéndole en el primer pegaso que perduraría por siempre en las constelaciones. El primero de muchos. El que con una coz había llenado la montaña de vida.

Y con el paso del tiempo en la montaña también se llenó de otra vida: fauna y flora. Convirtiéndose en la futura morada de dioses, desde la cual se podía observar el mundo.

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